Este es el relato de nuestra infancia y de cuanto aconteció a nuestras familias durante aquellos años, en tiempos del rey Don Alfonso el de las Navas. Guiomar y yo, Diana, nos turnamos para narrar los hechos, pues juntas vivimos muchos de ellos.
Habrá caballeros Templarios, herejes, brujas, crímenes, misterio, aventura, amor, pasión, venganza, maldiciones, batallas; relataremos con fidelidad cuantos hechos hemos tomado la labor de averiguar a lo largo de los años.
Acompañadnos si lo deseáis, viajeros, en esta aventura.
Este premio lo hemos recibido a manos de Isthar, del blog Mitología, arte y descubrimientos arqueológicos, a quien agradecemos la gentileza y deferencia que ha tenido para con El Bosque Olvidado.
Bienvenido sea, pues, a este rincón y sirva de aliciente para continuar esta gratísima tarea.
Muchas gracias a Gema, del blog Historias de Reinas, por el nuevo premio que nos entrega. Es para nosotras un honor recibirlo de su mano. Nos alegra y estimula.
Querida Gema, estad segura de nuestra admiración y estima.
Con el final de este tercer capítulo, termina mi entrega de la novela. Mas quedo en nuestra compañía para traeros Las Crónicas del Encinar, relatos extraños y apasionantes, de amores y odios, de locura y muerte, de traición y esperanza, de magia y ternura, basados en las historias de mis antepasados. Curioso es el sino de los Ulloa y no pueden dejar de ser contados estos sucesos que espero sean de vuestro interés y agrado.
Sus entregas quizás han de ser algo más espaciadas que las actuales, dado el trabajo al que estamos consagradas mi compañera Diana y la que escribe.
Aquí os espero pues. Sabéis que seréis bienvenidos:
A la edad de cuarenta y cuatro años, el marqués de Ulloa conservaba toda su vitalidad yapostura.
Unabreve enfermedad se había llevado a Doña Ximena un año atrás. Su cuerpo descansaba en la abadía de Santa María del Encinar, no muy lejos de su suegra, Doña Elvira, a quien había sucedido como abadesa Doña Teresa Osorio y Lara, su sobrina, hija de Doña Cristina y Don Nuño Osorio, hermana mayor de Gonzalo. La piedad y la sabia educación que le había dado su madre habían dejadohuella. Estaba dotada de autoridad y discernimiento, cualidades indispensables para cargo tandelicado.
Oriana y Elvira habían contraído ventajosos matrimonios. Juana y Esteban, se habían consagrado a la vida monástica y Garcés, el más pequeño, había muerto pocos años antes que su madre.
Fernán, comprometido con Doña María de Haro y Peñalba, vivía con él en el Encinar. Juntos recorrían los señoríos, juntos organizaban cacerías, juntos asistían a competir en coloridas justas.
Se había ido creando una relación estrecha entre padre e hijo.Tenían gustos afines, salvo en lo referente a las mujeres. Fernánhabía asimilado muy bien los consejos de su madre y era un verdadero caballero
Se estaba despidiendo el verano de aquel año del Señor de 1130, cuando fue recibida en El Encinar la comitiva que acompañaba a Don Hernán de Haro, conde de Peñaranda ysu mujer, Doña Teresa Peñalba y Alcántara, quienes en compañía de su hija María, pisaban por vez primera las tierras del marqués de Ulloa, donde luego de llevados a cabo los esponsales moraría la joven.
—Hijo mío, conociendo que Don Hernán lleva la misma aficiónque nosotros, he organizado una cacería de la que no ha de olvidarse nunca. Ven conmigo a ultimarlos detalles. Tengo planeado partir mucho antes del amanecer.
—Pero, ¿porqué padre a esa hora tan inusual?, ¿no es mejor como siempre, al amanecer?
—Esta vez, no. Me han avisado que se ha vuelto a ver una cierva blanca. No la he de dejar escapar por nada del mundo. Pero es másfácil darle cazaen las primeras horas antes del alba.
Aquella noche los caballeros se levantaron tal como si fuesen a rezar el segundo nocturno de Maitines. En la sala, con notoria impaciencia dieron cuenta de un sabroso caldo y hogazas de pan caliente.
Afuera, el silencio nocturno se vio roto por el ajetreo de los pajes, mozos de cuadra, el ladrido de los perros impacientes y el resoplar de los caballos, alumbrados por los hachones encendidos Partieron colina abajo, rumbo al bosque, iluminados por el resplandor de una luna llena que rompía como lámpara de plata la oscuridad reinante.
Al atravesar el valle semejaban las almas en penade la Cacería Salvaje, con Teodorico o Carlomagno a la cabeza, anunciando una guerra o una próxima desgracia.
Decidieron dividirse en pequeños grupos. Fernán y sus compañeros, con el entusiasmo propio de su juventud, no tardaron en adelantase deseosos de atrapar la codiciada y rara presa.
Guzmán se apeó del caballo para reforzar una cincha ue sentía floja. Ya estaba su paje allí para hacer la tarea.
—Vete, ve adelante con los demás. Esto es cosa de segundos. Diles que ya me uno a ellos, que sigan adelante.
El asunto llevó un poco más de tiempo del que había supuesto. Una vez listo, enfiló hacia la espesura, pero el grupo ya le llevaba una distancia considerable. Aguzó el oído, tratando de escuchar algo que le orientara hacia el lugar donde encontrar a Don Hernán, a Gonzalo y sus ayudantes. Pero la noche, no facilitaba las cosas.
Las bruma que preanunciaba el alba lo envolvía todo. La luz de la luna se filtraba por entre el follaje alumbrando la densa neblina, otorgándole un aspecto fantasmal. Parecían tomar cuerpo blancas y transparentes figuras, mágicas participantes de una danza espectral. Guzmán siguió adelante. El silencio que le envolvía era sólo roto por los grilloso el agudo silbido de alguna lechuza. Comprendió que se había extraviado.
De pronto, pareció oír que algo se movía entre la frondosidad. Se detuvo y aguzó el oído. Siguió adelante. Y otra vez. Y otra. Algo se escondía de su presencia. Ahora estaba seguro. Lo embargó una emoción rayana en el orgullo, pensando que tal vez sería él, el marqués de Ulloa, el eximio cazador, aquel a quien ni fémina ni presa se le habían escapado jamás, el que tuviera la gloria de atrapar la cierva blanca. Seguiría solo. Eso es.
Fue su último pensamiento. El lobo se abalanzó sobre él sin dar tiempo a más. El caballo, descontrolado por el miedo derribó al jinete emprendiendo una loca huída. Guzmán, gritó, pero fue en vano. La fiera desgarró sus extremidades, enloqueciéndole de dolor Parecía complacerse en el padecer de su víctima, a quien las fuerzas iban abandonando. Había perdido mucha sangre. Luego se abalanzó sobre su pecho, abriendo a dentelladas enfurecidas las carnes del agonizante, que emitiendo un alarido enloquecido de dolor, expiró.
Gonzalo, había salido en busca de Guzmán al notar lo prolongado de su ausencia y habiendo escuchado sus clamores enfiló al galope hacia el lugar de donde provenían. La escena que contempló, al llegar, la llevaría grabada día y noche en su mente por el resto de su vida.
Su primo, inerte, yacía hecho jirones en medio de un charco de sangre. La bestia le había arrancado el corazón. Por un instante, la mirada del animal se cruzó con la suya, Esos ojos…esos ojos, ¡Dios del cielo! Había algo humano en la mirada de aquella bestia, en esos ojos del color de las violetas. ¡Santo Cristo!. ¡Lo había comprendido todo!.
Los primeros albores se colaban entre los árboles. Pronto iba a amanecer. Gonzalo oyó los cascos de los caballos cada vez más cerca.
El lobo, tomó entre sus colmillos el corazón del marqués, dio la vuelta y se perdió entre la maleza.
Guzmán había muerto sin saber que cuando abandonó a Isabel ésta esperaba un hijo suyo: su séptimo hijo varón.
La desgraciada intuía bien. En verdad las cosas habían cambiado. Y mucho. Había percibido los síntomas, pero jamás sabría la causa.
Que no era otra que Doña Sancha López de Haro, mujer que había aparecido intempestivamente en la vida de Guzmán. Conocióla el día en que acompañó a Gonzalo a los funerales de Don Ramiro, marido de la dama. Sancha era hermana menor de Doña Inés, esposa de Gonzalo. La habían casado contra su voluntad dos años atrás, contando ella dieciséis,con el ahora difunto caballero, dos veces viudo y que podría pasar por su abuelo más que por marido.
Guzmán cayó rendido ante el encanto de esta joven. La atracción fue mutua Y no pasó mucho tiempo desde el canto de los De profundis hasta verse convertidos en amantes. La cuestión es que cayó atrapado en las redes de una obstinada pasión.
No tardó Ximena en percatarse de la nueva aventura. Y se le cruzó por la mente aquella otra mujer, la campesina. Sabía que después que la despachó del Encinar, Guzmán la había buscado y la había encontrado. ¿Qué sería de ella? ¿Estaría aún junto a su marido? ¿Por cuánto tiempo se prolongaría el nuevo idilio?
Y como era de esperarse, nunca más regresó Guzmán a la choza del río. Se había cansado de su juguete y le tiró aun costado deslumbrado por la novedad. ¿Crueldad? Algún sabio lo definiría como incapacidad de amar.
Una familia judía que se había establecido en las cercanías se apiadó de aquella mujer vencida y sus harapientos niños y les ayudó en lo que en sus manos estuvo.
Más eso no pudo impedir que el dolor y la desolación de Isabel fueran in crescendo. Se le puede aplicar el tan trillado, pero harto cierto “enfermó de pena”. La desgraciada, no pudo sobreponerse aunque lo intentó. Su cuerpo debilitado no le respondía. Y sus hijos, impotentes, veían cómo su la vida de su madre se iba apagando poco a poco entre llantos, ahogos, fiebres y vómitos de sangre.
Una mañana lluviosa y gris les quiso acompañar en su tristeza, cuando le dieron sepultura. La noche anterior, Eugenio, el mayor, un niño aún, había cerrado entre sollozos aquellos ojos tan bellos, los del color de las violetas, que fueron causa de su desgracia.
Mientras tanto Guzmán, a sabiendas de Gonzalo que le cubría, porque también era un experto en esas lides, dividía su tiempo entre la educación de sus hijos varones, Ximena, sus tierras, la caza,su “sol delmediodía”, como solía llamar a suSancha, la opulentacastellana de cabellos dorados y rosadas mejillas, y sus bellaquerías de siempre.
Ximena, como dama que era, había sabido guardar siempre unacompostura digna de su linaje. Las lágrimas, para la soledad de su oratorio y las cuitas a su confesor, por quien era bien aconsejada. Madre tierna y amorosa, consagrada al cuidado de sus hijos, era su alegría el verse rodeada por ellos. Oriana, Fernán, Esteban, Juana, Elvira y Garcés eran sus seis retoños, sus esperanzas, y les veía crecer felices. Decidió mantenerles apartados de toda habladuría en contra de la conducta poco edificante de su padre y había tenido el valor de decirle a este que “a sus varones, antes prefería llorarles pormuertos que por truhanes”
—No oséis, mi señor llevarles por vuestros caminos, que bien conozco, porque he rogado al cielo que antes quemanchen sus almas y dañen las honras ajenas, los quite de este mundo. Mirad pues bien lo que hacéis, que Dios no duerme.
Estas palabras helaron el corazón del marido infiel, quien si bien no era lo mejor que se pudiera esperar de un padre, mucho temía quedar sin heredero. Y dichas a su tiempo, fueron las que salvaron a Fernán y sus hermanos de imitar las andanzas del marqués.
El tiempo, viajero implacable de nuestras vidas, que no se detiene en ninguna estación, dejó sus huellas en el Encinar. Todo a su paso se modifica, a veces tan lentamente que no lo llegamos a percibir, otras, nos sorprende con hechos que nos marcan con su carga de dicha o de dolor. Nadie escapa a la danza a la que se nos invita a participar, la ronda donde no han de quedar afuera ni rey ni vasallo, ni noble ni villano, ni rico, ni pobre, niños y ancianos, buenos y malos, santos y pecadores, amantes y enemigos, mendigos y nobles, los que ríen y los que lloran. Todos tememos ser el próximo a quien en una vuelta de contradanza la Muertesea quien nos tome la mano y nos acompañe en los pasos finales hasta que la música haya dejado de sonar para nosotros.
La seda y el oro, la sarga o los harapos, las llagas y las vendas, el color de las mejillas y el brillo en la mirada, todo aquello que nos diferencia y nos separa, se confunde y mezcla en esta ronda en la que nadie queda fuera.